Este evangelio nos muestra a José como un hombre silencioso, obediente y valiente. No pronuncia una sola palabra, pero su vida entera es respuesta. Cuando Dios le habla, José se levanta, toma al niño y a su madre, y actúa. No discute, no pide explicaciones, no aplaza la decisión. Confía.
La huida a Egipto nos recuerda que Jesús entra en la historia humana desde la fragilidad. El Hijo de Dios comienza su vida como perseguido y refugiado, obligado a huir para salvarse. Dios no evita el peligro, pero acompaña en el camino, abre salidas y cuida en medio de la amenaza. Esto nos habla de tantos hombres, mujeres y niños que hoy siguen huyendo para sobrevivir.
En este relato aparece un mensaje fuerte: Dios no siempre nos libra de la noche, pero nos enseña a caminar en ella. José sale “de noche”, símbolo del miedo, de la incertidumbre, de no ver claro el futuro. Aun así, se fía. Y esa confianza hace posible que el plan de Dios continúe.
Cuando el peligro pasa, Dios vuelve a hablar: “Levántate… regresa”. La vida de fe no es huir siempre, sino saber discernir, escuchar de nuevo, cambiar de rumbo cuando hace falta. José no se aferra a lo conocido; busca el lugar donde la vida pueda crecer, aunque sea en lo pequeño y escondido de Nazaret.
Este evangelio nos invita a preguntarnos:
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¿Escucho la voz de Dios en medio del ruido y el miedo?
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¿Me atrevo a levantarme y actuar cuando Él me llama?
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¿Confío en que Dios sigue guiando mi historia, incluso cuando el camino no es el que había imaginado?
Dios cumple sus promesas de maneras humildes y sorprendentes. A veces nos conduce por caminos de huida y silencio, pero si caminamos con Él, siempre nos lleva a un lugar donde la vida puede florecer.
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