En todos los pueblos hay personas dedicadas al culto de Dios
Es connatural al hombre religioso la idea de que el ejercicio del culto a Dios se debe confiar a hombres escogidos y convenientemente preparados. También el pueblo judío tenía sacerdotes, pero en este caso su institución había sido revelada por Dios a Moisés: eran los sacerdotes del Antiguo Testamento los que ofrecían a Dios sacrificios e intercedían por las necesidades de su pueblo.
Jesucristo instituyó en la Iglesia el sacramento del Orden
Jesucristo quiso también instituir en su Iglesia un orden sacerdotal. Él es el verdadero y supremo Sacerdote de la Nueva Alianza, porque solo Él nos reconcilió con Dios por medio de su sangre derramada en la cruz. Pero quiso que algunos hombres escogidos por Él participasen de su dignidad sacerdotal, con el fin de extender los beneficios de la Redención a todos los hombres.
Para ello escogió a sus apóstoles y, en la Última Cena, los consagró sacerdotes de la Nueva Alianza y les mandó que renovasen en la misa el sacrificio de la cruz con estas palabras: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). También, el día de la Resurrección, les confirió el poder que Él tenía de perdonar o retener los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).
El sacerdote es, pues, ministro de Cristo, instrumento del que se sirve Jesucristo para continuar en el mundo la Redención.
Los apóstoles transmitieron el sacerdocio
Los apóstoles, sabiendo que el sacerdocio debía continuar en la Iglesia cuando ellos murieran, después de evangelizar una ciudad y antes de dejarla, imponían las manos a otros, comunicándoles el sacerdocio (2 Tim 1,6; Hch 14,23).
Este rito es lo que se llama sacramento del Orden, que consta de varios grados subordinados entre sí, de los cuales resulta la sagrada jerarquía: episcopado, presbiterado y diaconado.
La ordenación o consagración
La ordenación es el acto sacramental que incorpora a una persona al orden de los obispos, de los presbíteros o de los diáconos. Es más que una simple elección o delegación de la comunidad, porque confiere un don del Espíritu Santo que permite ejercer un poder sagrado, que solo puede venir de Cristo, a través de su Iglesia. Consagrar es poner aparte a una persona para el servicio de Dios.
«Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19)
El sacerdote, un hombre consagrado a Dios para siempre
En virtud del sacramento del Orden, el sacerdote es ministro de Cristo, mediador entre Dios y los hombres para dar culto a Dios (adoración, acción de gracias, satisfacción) y para comunicar la gracia a los hombres.
Los poderes que se le otorgan, que no tienen ni siquiera los ángeles, no son pasajeros, sino permanentes. Quien recibe este sacramento es ministro de Cristo para siempre: recibe lo que se llama el carácter, un signo indeleble en el alma que le hace participar del sacerdocio de Cristo de un modo esencialmente distinto al sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo.
Junto con el carácter recibe otras gracias para asemejarse a Cristo, de manera que pueda decirse que el sacerdote es otro Cristo (sacerdocio ministerial).
Este sacramento solo puede recibirlo el varón bautizado que reúna las debidas condiciones.
El ministerio de los sacerdotes
El sacramento del Orden da potestad para ejercer el sagrado ministerio en lo que se refiere al culto de Dios y a la salvación de las almas. Las principales funciones del sacerdote son:
1. Predicar la Palabra de Dios
El sacerdote ejerce este ministerio cuando predica la homilía en la santa misa, cuando da catequesis y en múltiples ocasiones: meditaciones, retiros, charlas de formación cristiana…
2. Administrar los sacramentos, en especial la santa misa
Desde que el cristiano nace hasta que muere, el sacerdote está junto a él, ayudándole con los sacramentos. Pero el ministerio principal de los sacerdotes es celebrar el santo sacrificio de la misa.
3. Guiar al pueblo cristiano hacia la santidad
Los sacerdotes tienen la misión y el deber de apacentar, como buenos pastores, la grey que les ha sido confiada por el obispo: con la oración, la mortificación, ayudando en sus necesidades, acompañando en los momentos difíciles y con la insustituible tarea de la dirección espiritual, para que los hombres quiten los obstáculos que impiden recibir la gracia de Dios.
