Este IV Domingo de Cuaresma, conocido como el Domingo de Laetare (de la alegría), el Evangelio nos presenta el impresionante relato de la curación del ciego de nacimiento. Más que un milagro físico, es una lección sobre la visión espiritual.
El ciego no pide ser sanado; es Jesús quien toma la iniciativa. Esto nos recuerda que la fe es, ante todo, un regalo. Mientras los fariseos, que «ven» físicamente, se quedan atrapados en la oscuridad de sus prejuicios y leyes, el ciego va ganando claridad hasta reconocer en Jesús al Hijo del Hombre.
Jesús usa barro y saliva, un gesto que evoca la creación del hombre en el Génesis. Cristo no solo «arregla» unos ojos; está haciendo de ese hombre una nueva criatura. En esta Cuaresma, se nos invita a dejar que el Señor toque nuestras «cegueras» (el egoísmo, el miedo, la indiferencia) para que nos recree por dentro.
El drama del relato no es la ceguera del hombre, sino la de aquellos
que se creen dueños de la verdad. La verdadera tragedia no es
no ver, sino negarse a ver. El ciego termina postrado adorando
a Jesús, mientras los «sabios» terminan cerrados en su propio juicio.
La Cuaresma es el proceso de lavarse en la «piscina de Siloé»
(que significa Enviado) para empezar a mirar la vida, a los
demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios.
Parroquia Ntra. Sra. de la Esperanza tu iglesia en Córdoba


