Evangelio del 4º Domingo del tiempo ordinario – 1 de febrero de 2026

El pasaje de las Bienaventuranzas (Mt \ 5, \ 1-12a) es el «carnet de identidad» del cristiano. No es una lista de prohibiciones, sino un mapa hacia la verdadera felicidad que Jesús propone desde lo alto del monte.

Las Bienaventuranzas no son un premio de consuelo para quienes sufren, sino una promesa de transformación. Jesús le da la vuelta a los valores del mundo para enseñarnos que la plenitud no se encuentra en el tener, sino en el ser y el dar.

«Dichosos los pobres en el espíritu» no se refiere a la falta de recursos, sino a la libertad del corazón. Es la actitud de quien sabe que no se basta a sí mismo y deja espacio para que Dios actúe. El que está lleno de sí mismo no tiene lugar para nada más; el que se vacía, lo recibe todo.

En un mundo que grita, que impone y que busca el éxito a toda costa, Jesús llama dichosos a los mansos y a los que trabajan por la paz. La fuerza del Reino no es la violencia, sino la persistencia del amor. La verdadera paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de la justicia y la misericordia.

Jesús no dice que el sufrimiento sea bueno en sí mismo, sino que quienes lloran serán consolados. Es la esperanza de saber que ninguna lágrima es indiferente para Dios. El dolor, vivido con fe, nos hace más humanos y nos abre a la compasión por el prójimo.

Las Bienaventuranzas son un desafío. Nos invitan a confiar en que el camino de la sencillez, la limpieza de corazón y la paz, aunque parezca el más difícil, es el único que nos lleva a la alegría que no se acaba.

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