Confirmación

La Confirmación en la historia de la salvación

Ya los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías. Y se cumplió en el bautismo de Jesús por Juan. Toda la vida de Jesús se realiza en comunión con el Espíritu Santo.

Pero el Espíritu Santo no debía permanecer solo en el Mesías, sino que debía ser comunicado a todo el pueblo mesiánico. Así sucedió el día de Pentecostés: «Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2,4).

Desde entonces, los apóstoles imponían las manos sobre los recién bautizados, comunicándoles el Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo: «Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hch 8,17; cf. Hch 19,5-6).

El lenguaje de los signos

En el sacramento de la Confirmación somos ungidos con aceite. Desde siempre, el aceite ha sido signo de abundancia, alegría, purificación, agilidad, curación y fortaleza. Es, además, en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, un signo de consagración a Dios.

Por la unción, el confirmando recibe «la marca», el sello del Espíritu Santo, signo de pertenencia, como antiguamente se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su amo.

El cristiano está marcado para siempre: es lo que llamamos «carácter» sacramental. Este sello expresa que pertenece totalmente a Cristo, que se pone a su servicio para siempre como testigo suyo.

Los efectos de la Confirmación

El efecto de este sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo sobre nosotros. Da crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

  • Nos introduce más profundamente en la realidad de ser hijos de Dios.

  • Nos une más firmemente a Cristo.

  • Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.

  • Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.

  • Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir la fe mediante palabras y obras.

La celebración del sacramento

1. Consagración del santo crisma

Es un acto que precede a la Confirmación. El obispo consagra el santo crisma en la misa crismal, tradicionalmente celebrada el Jueves Santo. Así queda expresado cómo los sacramentos nos unen en una sola Iglesia.

2. Renovación de las promesas del Bautismo

La Confirmación es una prolongación del Bautismo. Por eso, al comienzo de la celebración, los confirmandos renuevan las promesas bautismales y hacen su profesión de fe.

3. Imposición general de las manos

El obispo extiende las manos sobre los confirmandos. Este gesto es, desde el tiempo de los apóstoles, signo de la efusión del Espíritu Santo. Después reza sobre ellos una oración, pidiendo la venida del Espíritu Santo.

4. Unción con el santo crisma

Es el rito esencial del sacramento. El obispo impone su mano sobre la cabeza del confirmando y, después de pronunciar su nombre, unge su frente diciendo:

«N., recibe por esta señal el don del Espíritu Santo».

El confirmando responde: «Amén».

5. Beso de paz

El obispo dice: «La paz sea contigo», y el confirmado responde: «Y con tu espíritu». Es el signo que concluye el rito del sacramento y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles.

Los dones del Espíritu Santo

La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo: disposiciones permanentes que nos hacen dóciles para seguir sus impulsos.

Los dones del Espíritu Santo pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf. Is 11,1-2), y completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben.

Los siete dones del Espíritu Santo son:

  • Sabiduría: nos hace conocer y gozar las cosas de Dios.

  • Inteligencia: ayuda a penetrar en la comprensión de los misterios de la fe.

  • Ciencia: nos ayuda a ver a Dios en toda persona y en todo acontecimiento, y a usar las cosas creadas según Dios.

  • Consejo: nos permite discernir lo que conviene verdaderamente en cada momento, tanto para nosotros mismos como para los demás.

  • Fortaleza: nos ayuda a confesar la fe y hacer la voluntad de Dios a pesar de las dificultades, incluso hasta el martirio.

  • Piedad: despierta y cultiva en nosotros la conciencia de ser hijos de Dios y nos dispone a relacionarnos con Él.

  • Temor de Dios: es una delicadeza especial para no ofender a Dios, conscientes de nuestra debilidad.

Scroll al inicio